374. cartas iv. familiares, ii

Portada de 374. cartas iv. familiares, ii

Sinopsis de 374. cartas iv. familiares, ii



La figura de Marco Tulio Cicerón (106-cuarenta y tres antes de Cristo), orador, político, filósofo, constituye, sin lugar a dudas, una de las más relevantes de cuantas nos haya legado la Antigüedad clásica. Nacido en el seno de una familia perteneciente a la nobleza local de Arpino, recibió una formación completa y esmerada. Gracias a su refulgente retórica, se convirtió rápidamente en un reputado abogado y, pese a no pertenecer al orden senatorial, inició una brillante carrera política que alcanzó su cima al ser nombrado cónsul en el año sesenta y tres a.C. La variedad, la riqueza y la amplitud de la obra de Cicerón resultan prácticamente inverosímiles para una única persona. Es autor de multitud de discursos forenses (Verrinas) y políticos (Catilinarias, Filípicas), tratados de elocuencia (Sobre el orador, Bárbaro), filosóficos (Sobre la República, Del supremo bien y del supremo mal, Disputaciones tusculanas) o bien de temática religiosa (Sobre la naturaleza de los dioses). Frente a la profundidad y seriedad de estas obras, su producción epistolar ha recibido siempre una consideración menor. Sin embargo, el corpus de cartas que Cicerón envió o recibió durante su vida quizá suponga la una parte de su legado literario que el lector contemporáneo puede sentir como más próximo. Y ello por su viveza y su lozanía, por ser testimonio de vida cotidiana, mas también por constituir una fuente de excepción para conocer uno de los periodos más emocionantes de la historia de Roma: el final del antiguo régimen republicano.